JUAN JOSÉ BRECA


Juan José Breca

Nace en la Ciudad Histórica La Guaira el 7 de enero de 1835, en la conocida esquina de Caja de Agua Nro. 68. Fue poeta, autor teatral, escrito costumbrista y excelente traductor de los humoristas ingleses, distinguiéndose especialmente como cantor de la vida muelle y da la misa bien servida.

En 1854, al realizase las exequias fúnebres del general en jefe y francmasón Santiago Mariño, Serenísimo Gran Maestro del Gran Oriente Nacional y prócer de la guerra de la independencia y Venerable Maestro fundador de la Respetable Logia Simbólica "Victoria" Nº 09 del Estado Aragua, Juan José Breca hermano francmasón y en nombre de los hermanos masones de la Respetable Logia "Unanimidad" Nº 03 de la Guaira, asistió a ese acto fúnebre masónico, llevando sus palabras de afecto y de honra a los familiares del general Mariño.

        En ese mismo año fallece otro amigo y  hermano francmasón  de Juan José Breca, el doctor José María Vargas Ponce,  el 13 de julio  en Nueva York en los Estados Unidos de América, del cual Breca  era su albacea testamentario

Ya para 1882 funda en Caracas “El Punch”, simpática imitación de la conocida revista inglesa, y en cuyo cabezal de créditos se leía: “Este periódico no trata de letras, ni de artes, ni de comercio, ni de intereses generales, ni de intereses privados: TRATARÁ DE TODO LO DEMÁS ¡”, “El Punch” fue suspendido por el gobierno de Joaquín Crespo como implicado en la célebre burla política contra Guzmán Blanco, que los intelectuales de Caracas organizaron bajo el nombre de  “Delpilnada”.

En 1884 Breca publicó si interesante libro “Paginas Guaireñas”, que incluye varios artículos en idioma inglés. También figuran en este libro de 652 páginas, tres obras de teatro: “El amor de un libertino”, “Un artículo del Código”, y “El Poder de un Relicario”, de las cuales se estrenó la última en el Teatro “La Guaira”, el 18 de junio de 1878, y la misma fue montada por la compañía dramática de Adela Robreño.

Juan José Breca comenzó a escribir a los 14 años de edad, fue soldado y perdió un brazo en campaña, por lo que lo apellidaban “El Mocho Breca”.
                                             
Breca es citado en el libro “Bibliografía del Teatro Venezolano”, y como fino humorista que era, escribió “La Sartén”, sainete en un acto, publicado en Caracas en 1875, y referido por Don Carlos Salas en su libro “Historia del Teatro en Caracas”.

Este importante poeta guaireño, decía: “nunca cursé aulas y francamente no sé qué cosa es eso. Salí de a escuela de primeras letras a los catorce años. Desde entonces he estado haciendo números y jamás habré de abandonarlos, por la sencilla razón que no sé hacer otra cosa, excepto versos, que siempre me salen muy bonitos, por más que diga todo el mundo que son abominables”: Breca era Tenedor de Libros.

En noviembre de 1892 fallece la madre de Breca, llamada Micaela Diez de Breca, acompañándolo en ese trance doloroso su cuñado Ermelindo Rivodó, el cual estuvo casado con la hermana fallecida de juan Jose. Susana Breca Diez
Susana Breca Diez de Rivodó, Hermana deln Poeta y escritor
Juan Jose Breca Diez
(Foto Colecc. Flia Rivodó)

Breca estaba casado con Trina Pérez, sobrina del escritor Francisco de Sales Pérez, matrimonio que procreó a tres hijos: Francisco (Pancho) que era ingeniero, Juan José, contabilista y Matilde quien era pianista.


Francisco, hijo de Juan Jose Breca y Matilde Pérez
(Foto Colecc. Flia Rivodó)

Matilde, Hija de Juan José Breca y Trina Pérez
(Foto Colecc. Flia. Rivodó)

Víctima de una larga y cruel dolencia, el año de 1906 fallece en Caracas el poeta Juan José Breca, causando su deceso mucho dolor y consternación entre el círculo de sus amistades donde era muy preciado.

Posteriormente, en febrero de 1908, muere su hijo Juan José Breca, quien era contador como su padre y trabajaba en un banco de la capital de la República, además de eso, era un excelente esgrimista. El hijo de Breca fallecido estaba casado con Enriqueta Ernst, hija del eminente sabio Adolfo Ernst.

Artículo editado por: Whylmhar Daboín.
Asesor de contenido: Abílio De Oliveira

VISITA DE PÁEZ A LA GUAIRA EN 1847


José Antonio Páez

Febrero 14.- Al fin después de algunos días de haber estado esperando con ansia la venida de Su excelencia el ilustre General José Antonio Páez, hoy se encuentra ya entre nosotros: lo hemos visto bien de cerca para convencernos de que no era una ilusión de nuestros sentidos, sino el colmo de una halagüeña realidad.
                   Desde ayer por la tarde  se supo que ciertamente llegaría hoy Su Excelencia, y todos los habitantes del pueblo de La Guaira se dispusieron a recibir con entusiasmo al valiente General cuya espada vencedora tantas veces vibró en los días de batalla, y que siempre triunfante ha vuelto  cargada de laureles, después de asegurarnos la paz y el orden social.

                         A las ocho de la mañana de este día se encontraba tendida la tropa de la guarnición de este puerto y la milicia activa, desde un poco más allá de la puerta de Caracas, en el punto donde se encontraba un arco triunfal, hasta las puertas de la Aduana; el pueblo bullía inquieto paseándose por medio de estas tropas, esperando el instante de ver pasar al noble General, y tendía á cada momento la vista al camino nuevo de Caracas. Gran número de hermosas poblaban los balcones de la Aduana y las casas inmediatas, manifestando lo mismo que los hombres, el deseo de contemplar el rostro del héroe que se ha declarado el protector de los venezolanos.

                   Las nueve serían ya: el cielo estaba tranquilo, e mar con apacible murmullo bañaba las rocas de la rivera, y sus ondas de plata y azul se quebraban dulcemente, desvaneciéndose después sobre la arena. Entonces ¡cosa extraña, inaudita, casi sobrenatural! Un grupo lindo de hermosas palomas, cruzando rápido por encima del arco triunfal que estaba cerca de la puerta, se alejó después en dirección al camino de Caracas; y de allí, volviendo hacia nosotros, parecía indicarnos que el héroe se acercaba. En efecto, uno que tendió la vista al lado de Maiquetía alcanzó a ver la comitiva á lo lejos y dando un grito de alegría para anunciarlo, este grito resonó en los labios de todos los circunstantes. Al punto se formaron las tropas, el pueblo se conmovió y todos esperaron…… fija la vista en el camino, demudado el  semblante, palpitando el corazón. Sí, nosotros pudimos observar todas las fisonomías, y todas respiraban el gozo y una ansia extrema que nadie podía ni quería ocultar. Hay momentos sublimes, momentos en que el alma siente y el espíritu se impresiona, pero que no se pueden describir, y uno de esos momentos fué cuando se aproximaba la briosa comitiva que acompañaba á Páez. El navío de guerra español Soberano enarboló el pabellón venezolano y dio una salva desde el instante en que el vigía con un repique de campana anunció la proximidad de Su Excelencia; y cuando ya entraba por Maiquetía otra igual se disparaba en la batería del puerto.
José Antonio Páez, litografía de 1847

                   Por fin llegó: el pueblo callaba, y una marcha guerrera tocada por la banda de la milicia activa, resonó en aquel momento supremo: el General Páez, montado sobre un soberbio corcel, á la cabeza de una multitud de á caballo, tanto de este puerto que salieron á recibirle como de Caracas que venían con él, llegó hasta el arco triunfal. El pueblo, hasta entonces contenido, no pudo por más tiempo resistir;  al ver el talante impresionante del héroe, al ver aquella cara radiante  serena, un grito supremo de alegría se escapó de todos  os pechos.  A ese eco imponente arrebatado de lo profundo del corazón, á ese ¡¡viva!! De un pueble entusiasta, el héroe llevó la mano á la cachucha; y saludando con benevolencia á lado y lado, siguió hasta la Aduana rodeado del polvo que levantaba la caballería, la innumerable multitud que se cercaba, y á los repetidos ¡vivas! Que levantaban hasta el cielo tantos hombres agradecidos.


Casa Guipuzcoana, Antigua Aduana la Guaira, foto finales XIX

                   Se desmontó en la Aduana, á donde se dirigieron mucho ciudadanos Para felicitarle por su dichosa llegada. Era las once, y aun no le habían dado tiempo para sacudir el polvo de su vestido, los continuos obsequios de sus conciudadanos.

                   La función ha sido brillante, grata, digna del héroe que la ha provocado. Deseamos sinceramente que Su Excelencia quede gustoso con nosotros: este sería el colmo de nuestra dicha, el premio a nuestro entusiasmo y la satisfacción más grande que le puede quedar á nuestra conciencia.
                   -Por cortos instantes descansó Su Excelencia. Luego llegó el Sr. Brigadier, comandante del navío Soberano acompañado de doce oficiales, para felicitarle.

              En seguida el Sr. Jefe Político acompañado de una infinidad de ciudadanos, se presentó y le habló en estos términos:-El pueblo de La Guaira por nuestro órgano os saluda de nuevo, Excelentísimo Señor. Al veros entre nosotros sentimos como restañadas las heridas que hijos ingratos de Venezuela abrieran inhumanos á nuestra patria común. Veréis, Señor, reflejado en el rostro de todos los patriotas de la Guaira, el llanto de gozo que inunda el corazón al admitir en esta villa por nuestro ilustre huésped al padre y salvador de Venezuela. Recibid, Señor, el cordial abrazo con que os estrechan los buenos vecinos de la Guaira”.

                   Su Excelencia contestó de una manera análoga á los puntos que contenían la felicitación del Jefe Político y concluyó con estas palabras: “Recibo y devuelvo agradecido el cordial abrazo que por vuestro conducto me envían los buenos vecinos de la Guaira;” y estos tuvieron efectivamente la satisfacción de recibir por medio del Presidente de la Comisión un estrecho abrazo en que Au Excelencia una vez más comprobó todos los resortes de su alma grande.

                   -A la tres de la tarde la batería de la plaza correspondió al saludo que por la mañana hiciera el navío Soberano al Héroe y al pabellón venezolano, y también la bandera española se enarboló en el castillo de la Vigía.

Tomado de “El Vigía de la Guaira” reproducido por el “El Centinela de la Patria” Nro. 39 del 17 de febrero 1847.

Artículo editado por Whylmhar Daboín.