JOSÉ MARÏA CRUXENT, PIONERO DE LA ARQUEOLOGÍA VENEZOLANA


José María Cruxent (1930)
A Caracas llegó en 1939 un joven de 27 años, que como muchos otros, había visto truncada su vida por la guerra civil española. Llegó lleno de sueños y de esperanzas y con muchas ganas de aprender de la vida lo que las aulas de la Universidad de Barcelona, donde había iniciado su formación como arqueólogo, le habían negado. José María Cruxent, “J.M.” a secas como lo llamaban sus amigos y hasta sus detractores, había nacido en 1911 en Sarriá, un pequeño pueblo cercano a Barcelona, capital de la Cataluña que siempre llevó en el corazón.


En Venezuela, muchos, antes que Cruxent, habían incursionado en el campo de la arqueología, pero se le debe a este hombre, casi autodidacta, el ser uno de los pioneros en usar metodología científica, de implantar un protocolo de pesquisas que ya no era el “simple escarbar en la tierra” tras el hueso, los restos de cerámica, o los ostrales prehistóricos, sino el ordenado y disciplinado estudio de dichos yacimientos.
“Trota patria, trota bosque, trota ríos y trota selva” así lo describió un amigo. “Soy un andariego” solía decir. Parecía tener un sexto sentido que le indicaba donde excavar, donde encontrar los restos arqueológicos que le permitieron adelantar la hipótesis de la posible presencia del hombre en América desde hace más de 30.000 años, en contraste con la posición conservadora de los arqueólogos norteamericanos que sólo le dan una antigüedad de 14.000 años.


Según escribe el historiador catalán Ferrán Cabrero, en su obra biográfica: “José María Cruxent. El espíritu de la materia”, muy recién llegado el joven Cruxent a Caracas, después de trabajar como vendedor de frutas y operador de cine, por gestiones de su amigo, el Hno. Pablo Ginés, del Colegio La Salle, de los Hermanos Cristianos, logró ser contratado como profesor de dibujo. Aquí entró en contacto con los muchachos de la Sociedad La Salle de Ciencias Naturales, recién fundada por el Hno. Ginés para encauzar las inquietudes científicas de los jóvenes estudiantes y en especial con Luis M. Carbonell, con quien lo unió una gran amistad que perduró al paso de los años. En su tiempo libre Cruxent dio rienda suelta a su verdadera pasión, se acercó a los conocidos arqueólogos venezolanos Antonio Requena y Walter Dupouy, inició sus salidas al campo con un gran romanticismo y sin ningún recurso económico y desde 1944, empezó a publicar las noticias de sus hallazgos, especialmente en la Memoria de la Sociedad La Salle de Ciencias Naturales.
A partir de ese momento también se dedicó a recorrer a Venezuela. Desde la Sierra de Perijá que visitó en una famosa expedición auspiciada por la Sociedad de Ciencias Naturales La Salle en 1947, hasta el delta del Orinoco, río de cuyas fuentes fue en 1951 uno de los descubridores; de los Andes a los llanos y la costa, no hubo lugar de Venezuela que no conociera. En Cubagua, isla al oriente de Venezuela, desenterró las ruinas de Nueva Cádiz, asentamiento español del siglo XVI, donde se originaban las famosas perlas de Margarita, población que desapareció lentamente al ser abandonada por sus habitantes al agotarse los ostrales. En 1962 en Tama Tama, Falcón, en el occidente del país, excavó los yacimientos que le permitieron elaborar su hipótesis sobre el hombre americano. Su fama de gran arqueólogo lo llevo con la avanzada edad de 75 años, a ser invitado en 1987 por el gobierno de la República Dominicana a excavar los restos de La Isabela, el primer asentamiento español en América y a estudiar la tumba de Colón en la Catedral de Santo Domingo.
En 1947 J.M. Cruxent fue nombrado “Primer Coleccionador” de la Sección de Arqueología en el Museo de Ciencias Naturales en Caracas, museo del cual fue posteriormente su Director. Fue fundador de la Cátedra de Arqueología de la Escuela de Sociología en la Facultad de Humanidades de la Universidad Central de Venezuela y en 1959 ingresó al Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas, IVIC, donde fundó el Centro de Arqueología que hoy en día lleva su nombre. En 1976 por motivo de sus trabajos en Tama Tama, se trasladó a Coro donde estableció el Centro de Investigaciones Antropológicas, Arqueológicas y Paleontológicas (CIAAP) de la Universidad Nacional Experimental Francisco de Miranda (UNEFM). Aunque autodidacta, creía firmemente en la importancia de una buena formación académica para los jóvenes que se asomaban a la arqueología; excelente profesor que dejó escuela, se considera el padre de la arqueología científica en el país.

Excavando en Muaco, edo Falcón
Cruxent era un hombre contradictorio en muchos aspectos, con una compleja y polémica personalidad, de una honestidad intelectual absoluta y muchas veces comprobada, poseedor de una gran inventiva para resolver situaciones peligrosas y mucho sentido común, pero en la pequeña estatura de su cuerpo atlético y fornido se concentraba un hombre violento, muchas veces intratable y despreciativo de todo aquello que no proviniera de él.  La Dra. Alberta Zucchi, antropóloga alumna, lo definió como “un gran observador y un hombre fundamentalmente de campo; un hombre de olfato, de percepción, de conexión. Puede haber visto un objeto veinte años antes, quién sabe en qué lugar, y puede conectarlo con algo que acaba de ver en estos momentos. Y tiene el don, al mismo tiempo, de extraer de allí una nueva interpretación que sirva modernamente para algo…”

Cruxent rescatando restos humanos
Cruxent a lo largo de su vida fue, para los que tuvimos el placer de conocerlo, una caja de sorpresas. De repente, a principios de los años sesenta del siglo pasado, se nos convirtió en un artista plástico contestatario, que rompía parámetros y pintaba en grandes formatos cosas inverosímiles; creador que no solo utilizaba oleos en sus obras sino que cualquier cosa le servía para expresarse, resultando obras de gran fuerza, representativas de lo que los críticos de arte locales dieron en llamar “arte informal”. Asombrados asistíamos a sus exposiciones, a lo que él llamaba “sus inventos”, desde monstruos prehistóricos que parecían saltar desde la superficie en que se asentaban, hasta pequeñísimas cajas donde jugaba con la luz, los hologramas, precursores del arte cinético. Pero hay que recordar, según escribe Ferrán Cabrero en su interesantísima biografía, que esta vena creadora estaba presente en Cruxent desde su más tierna infancia en Sarriá, cuando según sus palabras, sus padres le hicieron el regalo de una gran pared blanca, que él se dedicó a pintar y a agujerear; la necesidad de pintar, de dibujar nunca lo abandonó.  “Se ha dicho, pero aquí es necesario repetirlo: el arqueólogo que Cruxent lleva en el alma es indivisible de su vertiente de artista plástico, porque las dos se enriquecen mutuamente en una unidad reveladora” . 
Cruxent en los ultimos años de su vida

.M. Cruxent falleció en Coro, capital del estado Falcón, lugar que consideraba su segunda patria, el 22 de febrero de 2005. Austeramente como había vivido se apagó la vida de este personaje que según Alberta Zucchi fue “genial, polifacético y como tal, frecuentemente difícil y controversial.”

Artículo editado por Whylmhar Daboín.

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