VISITA DE PÁEZ A LA GUAIRA EN 1847


José Antonio Páez

Febrero 14.- Al fin después de algunos días de haber estado esperando con ansia la venida de Su excelencia el ilustre General José Antonio Páez, hoy se encuentra ya entre nosotros: lo hemos visto bien de cerca para convencernos de que no era una ilusión de nuestros sentidos, sino el colmo de una halagüeña realidad.
                   Desde ayer por la tarde  se supo que ciertamente llegaría hoy Su Excelencia, y todos los habitantes del pueblo de La Guaira se dispusieron a recibir con entusiasmo al valiente General cuya espada vencedora tantas veces vibró en los días de batalla, y que siempre triunfante ha vuelto  cargada de laureles, después de asegurarnos la paz y el orden social.

                         A las ocho de la mañana de este día se encontraba tendida la tropa de la guarnición de este puerto y la milicia activa, desde un poco más allá de la puerta de Caracas, en el punto donde se encontraba un arco triunfal, hasta las puertas de la Aduana; el pueblo bullía inquieto paseándose por medio de estas tropas, esperando el instante de ver pasar al noble General, y tendía á cada momento la vista al camino nuevo de Caracas. Gran número de hermosas poblaban los balcones de la Aduana y las casas inmediatas, manifestando lo mismo que los hombres, el deseo de contemplar el rostro del héroe que se ha declarado el protector de los venezolanos.

                   Las nueve serían ya: el cielo estaba tranquilo, e mar con apacible murmullo bañaba las rocas de la rivera, y sus ondas de plata y azul se quebraban dulcemente, desvaneciéndose después sobre la arena. Entonces ¡cosa extraña, inaudita, casi sobrenatural! Un grupo lindo de hermosas palomas, cruzando rápido por encima del arco triunfal que estaba cerca de la puerta, se alejó después en dirección al camino de Caracas; y de allí, volviendo hacia nosotros, parecía indicarnos que el héroe se acercaba. En efecto, uno que tendió la vista al lado de Maiquetía alcanzó a ver la comitiva á lo lejos y dando un grito de alegría para anunciarlo, este grito resonó en los labios de todos los circunstantes. Al punto se formaron las tropas, el pueblo se conmovió y todos esperaron…… fija la vista en el camino, demudado el  semblante, palpitando el corazón. Sí, nosotros pudimos observar todas las fisonomías, y todas respiraban el gozo y una ansia extrema que nadie podía ni quería ocultar. Hay momentos sublimes, momentos en que el alma siente y el espíritu se impresiona, pero que no se pueden describir, y uno de esos momentos fué cuando se aproximaba la briosa comitiva que acompañaba á Páez. El navío de guerra español Soberano enarboló el pabellón venezolano y dio una salva desde el instante en que el vigía con un repique de campana anunció la proximidad de Su Excelencia; y cuando ya entraba por Maiquetía otra igual se disparaba en la batería del puerto.
José Antonio Páez, litografía de 1847

                   Por fin llegó: el pueblo callaba, y una marcha guerrera tocada por la banda de la milicia activa, resonó en aquel momento supremo: el General Páez, montado sobre un soberbio corcel, á la cabeza de una multitud de á caballo, tanto de este puerto que salieron á recibirle como de Caracas que venían con él, llegó hasta el arco triunfal. El pueblo, hasta entonces contenido, no pudo por más tiempo resistir;  al ver el talante impresionante del héroe, al ver aquella cara radiante  serena, un grito supremo de alegría se escapó de todos  os pechos.  A ese eco imponente arrebatado de lo profundo del corazón, á ese ¡¡viva!! De un pueble entusiasta, el héroe llevó la mano á la cachucha; y saludando con benevolencia á lado y lado, siguió hasta la Aduana rodeado del polvo que levantaba la caballería, la innumerable multitud que se cercaba, y á los repetidos ¡vivas! Que levantaban hasta el cielo tantos hombres agradecidos.


Casa Guipuzcoana, Antigua Aduana la Guaira, foto finales XIX

                   Se desmontó en la Aduana, á donde se dirigieron mucho ciudadanos Para felicitarle por su dichosa llegada. Era las once, y aun no le habían dado tiempo para sacudir el polvo de su vestido, los continuos obsequios de sus conciudadanos.

                   La función ha sido brillante, grata, digna del héroe que la ha provocado. Deseamos sinceramente que Su Excelencia quede gustoso con nosotros: este sería el colmo de nuestra dicha, el premio a nuestro entusiasmo y la satisfacción más grande que le puede quedar á nuestra conciencia.
                   -Por cortos instantes descansó Su Excelencia. Luego llegó el Sr. Brigadier, comandante del navío Soberano acompañado de doce oficiales, para felicitarle.

              En seguida el Sr. Jefe Político acompañado de una infinidad de ciudadanos, se presentó y le habló en estos términos:-El pueblo de La Guaira por nuestro órgano os saluda de nuevo, Excelentísimo Señor. Al veros entre nosotros sentimos como restañadas las heridas que hijos ingratos de Venezuela abrieran inhumanos á nuestra patria común. Veréis, Señor, reflejado en el rostro de todos los patriotas de la Guaira, el llanto de gozo que inunda el corazón al admitir en esta villa por nuestro ilustre huésped al padre y salvador de Venezuela. Recibid, Señor, el cordial abrazo con que os estrechan los buenos vecinos de la Guaira”.

                   Su Excelencia contestó de una manera análoga á los puntos que contenían la felicitación del Jefe Político y concluyó con estas palabras: “Recibo y devuelvo agradecido el cordial abrazo que por vuestro conducto me envían los buenos vecinos de la Guaira;” y estos tuvieron efectivamente la satisfacción de recibir por medio del Presidente de la Comisión un estrecho abrazo en que Au Excelencia una vez más comprobó todos los resortes de su alma grande.

                   -A la tres de la tarde la batería de la plaza correspondió al saludo que por la mañana hiciera el navío Soberano al Héroe y al pabellón venezolano, y también la bandera española se enarboló en el castillo de la Vigía.

Tomado de “El Vigía de la Guaira” reproducido por el “El Centinela de la Patria” Nro. 39 del 17 de febrero 1847.

Artículo editado por Whylmhar Daboín.

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